jueves, 11 de abril de 2013

Carta I

18 noviembre 1994

Si te llamo cada tarde no es porque me aburra, tengo mucho trabajo siempre, pero prefiero pasarme horas hablando contigo. Si pienso en ti y te digo cuánto te quiero no es porque sí, es porque de verdad lo siento. Cuando nos separamos quise seguir oliendo tu perfume y abrazarte una vez y dos... te quiero. Mucho. Demasiado incluso.

Si me preguntaras cuánto, no sabría responderte. No sabría decir ni la mitad del cuarto de la mitad de la mitad de todo lo que te llego a querer. Mi amor, sé que piensas que te dejé abandonada. Sé que lloraste muchísimo. Sé que te entristeces cuando miro a otra, pero debes entender... me debes comprender.


¿Cómo te lo demuestro? ¿Quieres que rece? ¿Quieres que alcance tu cabello sedoso y lo bese como nunca nada he besado? Dígame, su majestad, ¿qué debe hacer un plebeyo como yo para mostraros la realidad?

¿Cómo lo haces? ¿Cómo llegas a gustarme tanto? Hace años que te has ido y en mi mente sigues presente cada día, cada minuto, cada segundo. Cada lágrima estás conmigo. Si pretendes irte, si pretendes dejarme para siempre y que no te pueda imaginar más, no me dejes solo, déjame de una foto el consuelo, un retrato, cualquier recuerdo... incluso un olor que impregne las mantas de mi lecho, que me acompañen cada solitaria noche. Te quiero tanto, mi luna.

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