martes, 14 de marzo de 2017

El monstruo de mi habitación

Un día decidió marcharse. Se había resistido mucho, pero al final se rindió. Me siguió desde que era pequeña. Se adentraba en mi mente y de ahí no salía con facilidad. Necesitaba mucha calma y concentración para sacarle de ahí.

Lloré mares enteros por él. Sabía que me había elegido a mí, pero no sabía por qué me torturaba con su oscura presencia.

Al principio sólo venía y se sentaba a mi lado. Se limitaba a escuchar mi calmada respiración mientras soñaba, sin perturbarme lo más mínimo. Yo notaba su presencia, pero no me atemorizaba.

Conforme crecía, fue metiéndose en esos sueños de los que antes era un mero observador, y se dedicaba con ahínco a destruirlos y tornarlos terroríficos para mí. Me despertaba siempre sobresaltada, con los ojos vidriosos, pero nunca estaba allí para consolarme de su propio ataque. Parecía que velaba por mí pero, a su vez, quería maltratarme.

Pero llegó un día que mis sueños le dieron una lección. Con los años me volví una soñadora, llena de esperanza y de luz. Quise apartar el miedo de mí y, una noche, mientras dormía, le oí entrar. Me desperté, pero seguía soñando. Eso le despistó. Se acercó a mí y me puso una mano en la cabeza. "Así es como entra en mis sueños", pensé. Una vez entró, me puse a hablar con él. Le dije que ya no le tenía miedo, que su trabajo había terminado conmigo. Me había dado una lección: nunca más dudaría de mí, siempre sería valiente.

Al principio se quedó inmóvil mirándome. Luego, al rato, su semblante cambió a un rostro amigable y me acarició el rostro: pequeña, ya he acabado contigo.

Y lo vi alejarse en mi sueño.

Me incorporé deprisa para verlo, pero sólo atisbé su halo de luz abandonando mi habitación. Se había marchado. Su trabajo había concluido.

jueves, 9 de marzo de 2017

Agravio

¿Esto es amor o es la guerra? ¿Es la salud o la enfermedad? ¿Bueno o malo? Te cojo con miedo la mano, porque sé que tienes un humor que cambia en menos de treinta segundos. Eso es lo que me da miedo de ti: esos cambios tan bruscos.

Con lo que a mí me gusta la tranquilidad, sentarte al sol en la terraza, cerrar los ojos y que la brisa suave te mueva  el pelo. Cogerte la mano, entonces, y sonreír en silencio. Pero todo eso se acaba, y no sé por qué. ¿Qué he hecho mal?

Me aprietas la mano, cada vez con más fuerza, te digo que pares, que me haces daño. No paras. Te levantas bruscamente y tiras de mí, arrastrándome hacia la habitación. Te apetece en este momento y no hay nadie que pueda evitar que ocurra. Me tiras a la cama, y haces lo que te place. Haces conmigo lo que te da la gana.

No puedo quejarme. Tengo tu amor, en la salud y en la enfermedad. Y, como no hay amor sin guerra, me quedo en la trinchera, esperando a que dispares  y luego, con arrepentimiento, me vendes la herida. Pero con una gasa no se cura un agujero, ni una cicatriz. Ni el llanto que brota de mí a cada cambio. No arreglas nada con un "perdón". ¿O sí? Por lo visto me toca callar.

lunes, 6 de marzo de 2017

Versos de olvido

Tanto le amé
que me olvidé de amarme
y de mí me olvidé.

Y desaparecí por obviarme
y también desapareció mi amor por él.